Estoy de pie a seis pasos del borde de una cama. Mis brazos extendidos. Manos abiertas. Sobre la cama una niña, con sus cuatro años, agachada, adopta una pose cual gatito juguetón. Va a saltar. Pero no está lista. Estoy demasiado cerca.
-Más atrás!- de pie me desafía.
Dramáticamente accedo, confesando admiración por su valor. Luego de dar dos pasos gigantes me detengo.
-¿Más? -le pregunto.
-¡Sí! -chilla, saltando sobre la cama.
Ante cada paso se ríe, aplaude y hace ademanes pidiendo más. Cuando estoy del otro lado de la habitación, cuando estoy fuera del alcance del hombre mortal, cuando sólo soy una pequeña figura en el horizonte, ella me detiene.
-Allí, detente allí.
-¿Estás segura?
-Estoy segura -grita ella.
Extiendo mis brazos. Una vez más ella se agacha, luego brinca. Superman sin capa. Paracaidista sin paracaídas. Sólo su corazón vuela más alto que su cuerpo. En ese instante de vuelo su única esperanza es su padre. Si él resulta débil, se caerá. Si resulta cruel, se estrellará. Si resulta olvidadizo, dará tumbos contra el duro piso.
Pero no conoce tal temor, porque a su padre sí lo conoce. Ella confía en él. Cuatro años bajo el mismo techo le han convencido de que es confiable. No es sobrehumano, pero es fuerte. No es brillante, pero no es necesario que lo sea para recordar atrapar a su hija cuando salta.
De modo que vuela.
De modo que remonta.
De modo que la atrapa y los dos se regocijan ante la unión entre la confianza de ella y la fidelidad de él.
Estoy de pie a poca distancia de otra cama. Esta vez nadie se ríe. La habitación tiene aspecto solemne. Una máquina bombea aire hacia un cuerpo cansado. Un monitor mide el ritmo de los latidos de un agotado corazón. La mujer en la cama no es ninguna niña. Una vez lo fue. Hace décadas. Lo fue. Pero ahora no.
Al igual que la niña saltando desde su cama, debe confiar. A sólo días de haber estado en el quirófano, acaban de informarle que deberá regresar allí. Su débil mano aprieta la mía. Sus ojos se humedecen de temor.
A diferencia de la niña, no ve padre alguno. Pero el Padre la ve a ella.
“Confía en Él”, digo para bien de ambos. “Confía en la voz que susurra tu nombre”. Confía en que las manos atraparán.
Estoy de pie a poca distancia de un espejo y veo el rostro de un hombre que fracasó… le falló a su Creador. Otra vez. Prometí que no lo haría, pero lo hice. Me mantuve callado cuando debí haber sido denodado. Me senté cuando debí haber adoptado una postura.
Si esta fuera la primera vez, sería diferente. Pero no lo es. ¿Cuántas veces puede uno caer y tener la expectativa del rescate?
Confiar. ¿Por qué resulta fácil decírselo a otros y tan difícil recordárselo uno mismo? ¿Puede Dios escuchar otra confesión de estos labios?
El rostro en el espejo pregunta.
Estoy sentado a pocos pies de un hombre condenado a muerte. Judío de nacimiento. Fabricante de carpas de oficio. Apóstol por llamado. Sus días están contados. Tengo curiosidad por saber qué es lo que sostiene a este hombre al aproximarse su ejecución.
Así que le hago unas preguntas:
¿Tienes familia, Pablo? Ninguna.
¿Qué tal tu salud? Mi cuerpo está golpeado y cansado.
¿Cuáles son tus posesiones? Tengo mis pergaminos. Mi pluma. Un manto.
¿Y tu reputación? Pues, no vale mucho. Para algunos soy un hereje, para otros un rebelde.
¿Tienes amigos? Sí, pero incluso algunos de ellos se han echado atrás.
¿Tienes galardones? No en la tierra.
Entonces, ¿qué tienes, Pablo? Sin posesiones. Sin familia. Criticado por algunos. Escarnecido por otros. ¿Qué tienes, Pablo? ¿Qué cosa tienes que valga la pena?
Me reclino en silencio y espero. Pablo cierra su puño. Lo mira. Yo lo miro. ¿Qué es lo que sostiene? ¿Qué tiene?
Extiende su mano para que la pueda ver. Al inclinarme hacia adelante, abre su puño. Observo su palma. Está vacía.
Tengo mi fe. Es todo lo que tengo. Pero es lo único que necesito. He guardado la fe.
Pablo se reclina contra la pared de su celda y sonríe. Y yo me reclino contra otra pared y fijo la vista en el rostro de un hombre que ha aprendido que la vida es más de lo que el ojo percibe.
Pues de eso se trata la fe. La fe es confiar en lo que el ojo no puede ver.
Los ojos ven al león que acecha. La fe ve el ángel de Daniel.
Los ojos ven tormentas. La fe ve el arco iris de Noé.
Los ojos ven gigantes. La fe ve a la tierra prometida.
Tus ojos ven tus faltas. Tu fe ve a tu Salvador.
Tus ojos ven tu culpa. Tu fe ve su sangre.
Tus ojos ven tu tumba. Tu fe ve una ciudad cuyo constructor y creador es Dios.
Tus ojos miran al espejo y ven un pecador, un fracaso, un quebrantador de promesas. Pero por fe miras al espejo y te ves como pródigo elegantemente vestido llevando en tu dedo el anillo de la gracia y en tu rostro el beso de tu Padre.
(Tomado, inspirado y Adaptado del libro “When God Whispers Your Name” Max Lucado, por Pr. Marcelo Roldán © 2010)
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